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  • Foto del escritorRaquel Abraham

Mi primera vez de mochilera

| DISFRUTANDO |


Mi pareja me propuso ir de mochileros a Bolivia, y aunque la primera sensación que tuve fue ¡guauuu, qué apasionante aventura!, la segunda fue la lucha y la huida. Tuve que batallar contra mis propios prejuicios, ya que en esta etapa de mi vida (42 años madre agotada), siempre fantaseo con viajes que minimicen la incomodidad, lo cual para mí significaba: destino - mar, transporte - avión, alojamiento - hotel. Sí, ese nivel de burguesía venía manejando.


En cambio, en esta oportunidad, las palabras “mochila”, “bondi” “hostel” me corrían totalmente de mi zona de confort. Es más, siempre que veía pasar a un grupo de mochileros por las calles de mi ciudad, pensaba "¿Cómo pueden disfrutar el paseo con esos bártulos sobre la espalda? "


Así que ahí estaba yo, una vez más sacando cuentas en mi cabecita, haciendo algo que me sale casi instintivamente cuando se me presenta algo desconocido: me resistía: ¿Y qué tal si me pasa algo grave en un país desconocido? Capaz me baje la presión, me desmaye, me dé taquicardia. Suelo sufrir mal de altura, (me apuno, como se dice en Jujuy), y llevar un tubo de oxígeno anexado a la mochila, no parecía ser una opción razonable.


Sin embargo, y acá saco pecho fuerte y me pongo medallita, no escuché a la vocecita temerosa que me gritaba: ¡Peligrooo! Y sí le hice caso a mi yo más osado, ese que saca valor de no sé dónde, y dice: avanzá y confiá. “Si salís viva de esto, seguro lo hacés fortalecida”.


Y así fue. No voy a negar que el viaje de ida en colectivo, de Villazón a La Paz, tuvo sus percances… por lo pronto me apuné. Recuerdo un momento puntual, entre curva y contra curva, mareos y náuseas, que paramos en un pueblito, Uyuni, situado a más de 4000 msnm. Eran como las 2 de la mañana y apoyé mi cabeza contra la ventanilla. En ese momento divisé un cielo negrísimo y miles de estrellas enormes, como luciérnagas, salpicando toda la inmensidad. Y sonreí, a pesar de mi malestar, sintiendo una gratitud y alegría profunda, por ser testigo de semejante belleza.



Ya en La Paz me enteré de que tenía que tomar unas pastillitas de “soroche”, que para mí, fue como descubrir la pólvora. No sé si se debió a mi poder de sugestión, o realmente estas pildoritas lograron neutralizar absolutamente todos los síntomas de la altura. Esa mañana que tomé la pastillita en la terminal de La Paz, decidí tomar también las riendas de mi cuerpo y mente, y me convertí en la superchica que quiero ser.


Decreté que iba a disfrutar de cada momento en Bolivia, aunque no estuviera en un “All Inclusive”. Quería trepar con vehemencia las callecitas empinadas de La Paz y esquivar a los vendedores ambulantes bordeando las veredas, mientras escuchaba las bocinas como trompetas, que protestan a toda hora por los “atascos”.



Quería mirar desde los teleféricos las miles de casitas que cuelgan sobre los cerros, como en una olla de barro. Quería saborear los olores a comino, rey momo, pescado frito, asfalto y fruta que envuelven el centro histórico.


¿Si estaba cómoda? ¡Para nada! ¿Pero qué resultado que haya valido la pena surgió de la comodidad?


La vida me llevaba a una ciudad caótica y bella, y en esa explosión desordenada de sentidos, encontré la armonía y mi propia Paz.




 

por Raquel Abraham

Periodista y comunicadora.

"Amo contar historias inspiradoras".

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