Cada 23 de agosto, San Salvador de Jujuy late más fuerte: una ciudad que se detiene, recita su historia y vuelve a sentir el peso simbólico de aquella gesta de 1812.

Marcha evocativa y ritual de fuego
El ritual comenzó en la víspera, cuando la ciudad cobró vida en una marcha que no fue solo un desfile, sino una exploración colectiva del recuerdo. Desde el centro, familias, escuelas y agrupaciones gauchas recorrieron las calles con antorchas encendidas, reclamando presencia para aquellos que dijeron adiós a todo en nombre de la libertad.
La marcha desembocó en el clásico gesto catártico: la quema simbólica de casillas sobre el lecho del río Xibi Xibi. Una metáfora poderosa, austera y clara, que revive el acto de dejarlo todo atrás para defender una causa mayor.
Más allá del espectáculo: una conmemoración que respira
No se trató solo de actos organizados; fue la fuerza de una comunidad que se reconoce en un relato común. Razones para que esta conmemoración persista y se transmita:
Revivir el compromiso: no con multitudes, sino con voces que eligen recordar.
Simbolismo vivo: la quema y la marcha como actos que renuevan el pacto de libertad.
Participación plena: público, vecinos y tradición que se entrelazan, sin artificios.

Este año, Jujuy agregó una fecha muy esperada a su calendario cultural: el 22 de agosto fue instituido como el Día Provincial del Canto con Caja y la Copla, un reconocimiento oficial a una expresión musical ancestral que late con fuerza desde nuestras raíces.
La aprobación formal de esta fecha representa más que un día marcado: es una señal clara de que el canto con caja —esa forma poética, espiritual y colectiva de cantar— está en el corazón de nuestra identidad. La norma impulsa su inclusión en el calendario escolar, para que las nuevas generaciones puedan aprender, valorar y honrar esta tradición musical que atraviesa ceremonias, encuentros comunitarios y celebraciones.
El canto con caja y la copla no son modas pasajeras. Son melodías que se transmiten de boca en boca, generación tras generación. Es una voz que se eleva en comunidad, hecha de memoria, ritual y pertenencia. Celebrar este día es convocar a revivir esos encuentros donde la voz se une con el ritmo para ser canto y lucha, nostalgia y fiesta.
Este reconocimiento formal no llega solo: también amplifica la voz de quienes son custodios de esa tradición, quienes llevan el canto en la piel, lo honran y lo legan. Es un espaldarazo para copleras, copleros, músicos y maestras que cada día sostienen esa llama cultural.
Tres razones por las que este día sobra con fuerza:
Memoria viva: asegura que el canto con caja y las coplas sigan siendo parte de nuestra vida cotidiana, no solo de los archivos.
Educación y pertenencia: al ingresar en el calendario escolar, invita a niñas, niños y adolescentes a reconocerse en esa historia sonora.
Reconocimiento simbólico: celebra la afluencia cultural que sostiene la identidad jujeña y la abre hacia el largo futuro.
En definitiva, ese 22 de agosto ya no será un día más: será un día para cantar juntos, rendir homenaje a nuestras voces compartidas y renovar el compromiso con esas melodías que nos definen como pueblo.
La 54ª edición de la Fiesta Nacional de la Nieve en Bariloche se transformó este año en una pasarela donde lo jujeño brilló con luz propia. En una estrategia promocional cargada de cariño y cultura, Jujuy puso ritmo propio en pleno centro patagónico, demostrando que el encanto del norte también puede calar hondo bajo la nieve.
Ecos de zampoña e identidad
Desde el primer tono norteño, la presencia jujeña no fue discreta, sino un verdadero llamado a la emoción compartida. La propuesta aportó una mirada fresca al evento, llenando de colores, sonidos y rostros la fría atmósfera del sur. Se trató de una invitación clara: sin importar cuán opuesto sea el paisaje, la alegría regional tiene el poder de atravesar geografías.
Una ventana de conexión cultural
No se trató solo de hacer promoción turística, sino de tender puentes sensibles entre comunidades; de regalar paisajes sonoros que despiertan las raíces más profundas. Jujuy llevó una porción de su paisaje interior –sus melodías, sus gestos, su gente– para dialogar con el público en un espacio ajeno, pero a la vez, cálido e íntimo.
El valor de lo inesperado
La estrategia tuvo su potencia en lo inesperado: el norte ni veraniego ni rumoroso, apareció en la nieve, sin ornamentos extras, con lo esencial. Esa apuesta a la diferencia, a la autenticidad cultural, fue lo que más caló. Una acción menos turística y más sensible: una invitación a sentir, a compartir, a descubrir belleza más allá de los sentidos comunes.

Ecos de zampoña e identidad
Desde el primer tono norteño, la presencia jujeña no fue discreta, sino un verdadero llamado a la emoción compartida. La propuesta aportó una mirada fresca al evento, llenando de colores, sonidos y rostros la fría atmósfera del sur. Se trató de una invitación clara: sin importar cuán opuesto sea el paisaje, la alegría regional tiene el poder de atravesar geografías.
Una ventana de conexión cultural
No se trató solo de hacer promoción turística, sino de tender puentes sensibles entre comunidades; de regalar paisajes sonoros que despiertan las raíces más profundas. Jujuy llevó una porción de su paisaje interior –sus melodías, sus gestos, su gente– para dialogar con el público en un espacio ajeno, pero a la vez, cálido e íntimo.
El valor de lo inesperado
La estrategia tuvo su potencia en lo inesperado: el norte ni veraniego ni rumoroso, apareció en la nieve, sin ornamentos extras, con lo esencial. Esa apuesta a la diferencia, a la autenticidad cultural, fue lo que más caló. Una acción menos turística y más sensible: una invitación a sentir, a compartir, a descubrir belleza más allá de los sentidos comunes.


