- Revista CHE


La gastronomía jujeña pisó fuerte en Caminos y Sabores, la feria donde lo rico, lo nuestro y lo auténtico se celebran con todo. En pleno corazón de La Rural, Jujuy desplegó una propuesta que mezcló tradición, identidad y mucha pero mucha onda norteña.
Desde quesos de cabra, papas andinas y charqui hasta dulces artesanales y artesanías de las que te dan ganas de llevarte todo, el stand jujeño fue parada obligada para miles de visitantes que se acercaron a conocer —y saborear— un pedacito del norte argentino.
Todo esto fue parte del programa GustAR, que busca impulsar el turismo gastronómico como motor de desarrollo local.
Una de las grandes protagonistas fue Anita Ponce, chef de Tilcara y embajadora del sabor jujeño, que brilló en dos clases de cocina. En la cocina Hudson, se juntó con el chef neuquino Nahuel Sepúlveda y prepararon un platazo con ingredientes bien nuestros: kiwicha, papas del altiplano, queso de cabra y charqui. “Es una alegría enorme poder mostrar lo que nos da la tierra y cómo eso se transforma en cocina con identidad”, dijo Anita, feliz.
Pero eso no fue todo. También dio una clase íntima en el aula-taller del INET, donde enseñó cómo se hacen, de verdad, los tamales jujeños. Entre masa, chala y recuerdos, dejó en claro que este plato es mucho más que comida: es historia, es memoria viva. “Armar un tamal es como tejer lo que nos contaron nuestros abuelos”, soltó con emoción.
Y como buena tilcareña, Anita aprovechó cada espacio para hablar de su tierra: el tren solar, las noches de estrellas, la cultura viva de un pueblo que respira historia y futuro. “Tilcara es mucho más que postales. Es comunidad, es proyecto, es raíz”, cerró.
Caminos y Sabores reunió a más de 450 expositores y fue una verdadera fiesta de sabores, clases de cocina, degustaciones y productos de todo el país. Y ahí estuvo Jujuy, dejando en claro que cuando se trata de identidad, sabor y cultura, el norte tiene mucho para contar.

| Actualidad |
El silencio de la Quebrada, el sol de invierno cayendo sobre los cerros de colores, y la calidez de la comunidad jujeña fueron el escenario elegido por Wanda Nara para una escapada familiar inesperada, lejos del ruido de las grandes capitales y de las cámaras del espectáculo. Esta vez, la empresaria e influencer apostó por lo esencial: naturaleza, tranquilidad y conexión.
Acompañada por sus hijas, Wanda aterrizó en Jujuy en avión privado y se trasladó directamente a Purmamarca, uno de los pueblos más emblemáticos del norte argentino. Su presencia no pasó desapercibida: con un look relajado y una actitud cercana, saludó a quienes la reconocieron, se sacó fotos con vecinas y compartió escenas del viaje en sus redes.

Lujo verdadero: el que no necesita brillar
En lugar de shopping y luces, la postal fue otra: cerros rojizos al atardecer, un picnic sobre un mantel a cuadros, y platos regionales compartidos en familia. La estrella mostró otra cara, menos conocida, más auténtica. En sus stories se la vio recorrer caminos de tierra, descansar en una casa con vista panorámica, y disfrutar de un jacuzzi al aire libre al amanecer.
Agradeció públicamente la calidez con la que fue recibida en Jujuy y compartió su asombro por los paisajes. Pero más allá del contenido para redes, lo que dejó su paso fue una señal clara: el verdadero lujo hoy es estar en contacto con la tierra, con los afectos, con lo real.

Un destino que emociona
La elección de Wanda no fue menor. Su visita puso nuevamente en el centro de escena a Purmamarca, Patrimonio de la Humanidad y joya de la Quebrada de Humahuaca. Este tipo de escapadas visibilizan el potencial turístico de Jujuy, no desde el espectáculo, sino desde la experiencia transformadora que ofrece su territorio.
Porque más allá de lo mediático, hay algo profundamente humano en volver al origen, al silencio, al color del adobe, al viento entre los cardones. Y eso, parece, también seduce a quienes están acostumbrados a vivir rodeados de lujos.


En una entrevista realizada a Pascal Bruckner, autor de “La euforia perpetua”, publicada en 2001 en Francia, escribe "Cuando la felicidad deja de ser un derecho”. Y dice: "Nunca antes la felicidad había sido un horizonte tan universal para todos los individuos. Por primera vez en la historia vivimos, probablemente, en una sociedad donde las personas son infelices de no ser felices"(Revista Virtualia).
Desde la sociedad se nos invita a una carrera alocada por alcanzar la felicidad, casi como un bien de consumo. Pero , ¿qué se pierde en medio del trayecto? El propio sujeto.
En intentos de amoldarse y cumplir con los mandatos de cómo y con qué obtenerla, aparecen como síntomas la angustia y el malestar. Estos interpelan a que las personas busquemos otros modos de sentirnos bien, que no implican la evasión de dificultades, sino formas de transitar las preguntas de qué desea cada cuál.
Reconocer que la felicidad es una utopía y que las ráfagas de viento del bienestar aparecen de manera episódica, y en general autogestiva, es un aprendizaje.
"Aprender a disfrutar, es un tipo de regulación, ningún placer es infinito...en cualquier situación placentera tenemos que soportar una decepción (por qué lo que nos gusta no ocurre como en nuestra fantasía) y nos descubrimos fuertes en esa experiencia". (Fragmentos de Luciano Lutereau)
El hallazgo consiste en construir y habitar espacios en los que podamos ser sin filtros, expresando nuestra vulnerabilidad y emociones, incluso las poco marquetineadas, integrando. Apartándonos del sometimiento de depender de lo externo, recuperando la soberanía sobre nuestro deseo y creatividad, en eso hay gozo.
Compartirnos desde lo que somos. Cuanto más compartimos lo que tenemos en nuestro mundo interno más descubrimos de nosotrxs mismxs, nuevas maneras y facetas de emociones y procesos que creíamos antes intransitables. Dejándonos ser, sin adoctrinar ni educar el sentir, sino usando esas emociones, como dice Cerati, como un puente a nuevas formas de vivirlas; danzando, practicando yoga, asistiendo a un grupo de xxx, cantando, contemplando la naturaleza, pintando, y todas aquellas actividades en que el sentir no solo no molesta sino que nos sirve, nos servimos de ese sentir para crear.
Disfrutando de encuentros con lugares y momentos que nos colman , para luego aprender de ellos y acudir a estos mediante la memoria como un remanso cuando el malestar inunde, reconociendo que gracias a éste nos movimos; bailamos, cantamos, escribimos y conectamos de mil formas con nosotros mismxs y con otros.
Transformar-se. Crear, hacer con eso que nos atraviesa profundo, algo nuevo, sin un objetivo impuesto desde el exterior, es aprender y es un regalo para uno y para el chip del inconsciente colectivo.
"Buscar la serenidad me parece una ambición más razonable que buscar la felicidad. Y quizá la serenidad sea una forma de felicidad" (Jorge Luis Borges).
*(El título de la columna es una frase de un poema de Roberto Juarroz.)
Laura Altea
Psicóloga. Magister en Comunicación y Educación. Especialista en Evaluación y Diagnóstico.

